
Alpha tocó el timbre, subió corriendo las escaleras, abrí la puerta y me entregó una bolsa de plástico con dos grandes mangos dentro. Sólo a eso vino, a regalarnos dos mangos de los cinco que un amigo suyo le trajo de su tierra: Freetown, Sierra Leona, ÁFRICA. Por eso este mango merece una oda, porque viene de muy lejos y constituye casi una ofrenda.
Para comer mango hay dos formas. Una, a lo bestia mordiéndolo como puedas, y la otra, a lo bestia civilizada partiéndolo por la mitad y metiéndole una cuchara para escarbar y sacarle la carnita. Yo me lo comí mitad de una manera y mitad de la otra. Nada evitó que el dulcísimo jugo chorreara por mis brazos y que parte de la pulpa se quedara atorada entre mis dientes. Qué grande placer. Gracias Alpha.

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