Rossana es una guapa uruguaya, de unos 40 años de edad que decidió marcharse de su bella tierra, con su esposo y dos hijos para buscar una vida mejor. Es alegre como un sol y trabajadora como nadie. Literalmente se parte el lomo limpiando casas de ricos, corre de una a otra y va tejiendo dos horas aquí y tres allá, para a final de mes tener un salario que permita pagar esa vida mejor, la universidad de los chicos, para que ellos sí puedan tener un futuro. Rossana no tiene vida, porque la vida se le escurre fregando suelos, lavabos y cocinas, barriendo patios, lavando ropa, haciendo compras y poniendo hermosas orquideas en el salón de alguna casa modernista del centro de Barcelona. No tiene contrato, si se enferma nadie le paga los días que pasa en cama y si se le antoja vacacionar corre por su cuenta y a expensas de quedarse sin empleo.
Hace días que me viene diciendo que ya no puede más, que tanto trabajo y la incertidumbre la están dejando sin energía, sin sueños, molida. Esta tarde uno de sus jefes (que también es el mío) hablará con ella, para decirle que no puede seguir pagándole tanto, que no cree que haya tanto trabajo, que 16 horas semanales son demasiadas para limpiar a fondo su mansión-oficina de 3 pisos, 2 terrazas y 5 baños, que por ese precio tendría que trabajar el doble y cocinarle, que no cree que pueda seguir sosteniendo esta situación.
Y a mí me duele en el alma, me hierve la sangre y me inunda la impotencia. Si una empresa debe recortar gastos, ¿por qué empezar por quien más necesita trabajar?. ¿Acaso el dinero deja ciega a las personas?
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario